Gomaespuma. Y la luna.

Un grito a la luna tras ver que la gente sigue llegando a Grecia, que esa gente es enviada al continente, al campamento de Nea Kavala para seguir esperando un refugio, un lugar donde poder recomponer un pedazo de sus vidas.

Buenas noches desde este lugar del cosmos llamado Polikastro, pequeño pero muy vivo. Escribo porque ya no puedo tragarme las palabras, o porque ya las encuentro y vienen a mis manos. Sin saber como resumir los dos últimos meses, hoy es mi cuerpo el que habla por mí, cansado y recuperado, enrabietado pero tranquilo. El campamento de Nea Kavala se ha convertido en un agujero de despedidas y bienvenidas, idas y venidas, vidas que se cruzan y se separan. Una turba de emociones que no encuentran nombre entre los que nos fueron dados. Otro día pensaremos en las que se van, sin saber bien a donde, a seguir esperando en otros lugares. Esta vez esperan aisladas, en pisos vacíos, y despojadas de las otras humanas sobre y a las que sostenían.

Hoy, viernes gris de lluvia, ha sido uno de esos días que parecen años y avanzan lentos pero se acaban rápido. Una mañana llena de teatro y juego, con los escosirakenses, después de que Paulina Tovo nos mostrara el vídeo con los primeros resultados del proyecto Staging Humanity, en el que diez de las personas que viven o han vivido en Nea Kavala ponen el cuerpo tres veces por semana. Los que nos leéis de vez en cuando ya sabéis que Escosirak se ha expandido dentro de mi, y en todo lo que me rodea, y el lenguaje del arte arranca, lleva, aligera y se nutre de sentimientos e historias que de otra forma quedarían enterrados. Espero que pronto podáis ver el vídeo.

Si bien la mañana ha sido de viejas amigas, la tarde de nuevas miradas y valiosas sonrisas. Más lágrimas. A las tres hemos empezado a limpiar los alrededores de la nueva carpa en la que un equipo de voluntarias ha trabajado la última semana para crear un espacio donde juntarnos, activar, hablar, crear. Necesitábamos todo despejado, así que hemos llenado una furgoneta de plásticos viejos y gastados por la lluvia, y apartado los restos de madera. Luego hemos llenado la carpa de sillas, mesas, unas alfombras con juegos para las niñas, decenas de botellas de agua y vasos, un cartel donde se puede leer bienvenidas en árabe. Treinta y siete personas nuevas han llegado hoy a Nea Kavala, desde las islas griegas, tras casi un día de viaje en barco y autobús. Todo lo que hemos podido hacer es ofrecerles un espacio de descanso, té, agua y conversación mientras esperaban a ser registradas. Luego, cargar con ellas los colchones de espuma, las mantas de ACNUR, lo hierros que llaman camas, los objetos básicos de higiene y sus propias maletas, que han recorrido con ellas todo el camino dejado atrás, desde Siria, Iraq o Palestina.

Entrar a uno de los containers, el que te ha sido asignado como hogar por tiempo indefinido, cargando todas tus cosas, mirar buscando algo más, algo más que no hay. Esto es todo. Goteras. Agua en la puerta. Gomaespuma. Lonas de plástico. Latas de fuego. Un bebé que llora. Voluntarias que intentan sonreírte.

Tras unos cuantos viajes, hemos ido con un traductor a las familias que hemos entendido como más vulnerables, con hijas pequeñas, mujeres exhaustas, y nos las hemos llevado al supermercado más cercano para que pudieran hacer la primera compra y llenar, aunque sea con comida, sus nuevas “casas”. Un día sin comer, dos días sin dormir, muchos más sin saber. A las siete hemos terminado, todas estaban instaladas, y hemos recogido lo sobrante, los hierros de vuelta al almacén, la gomaespuma guardada esperando nuevos habitantes.

Por alguna razón, empecé este texto ya desde mi cama, alumbrada por unas velas, y más alegre que triste. Quería hablaros de la solidaridad entre las viejas habitantes de Nea Kavala y las recién llegadas, de manos ofreciendo todo lo que tienen, de abrazos, de hombros desconocidos sobre los que llorar. De las peques sonriendo al ver las piezas de un puzzle. Quería hablaros de la fiesta de mujeres kurdas a la que nos invitaron después de todo el curro, de la sororidad, de los círculos de baile y energías, de las conversaciones sobre sexualidad. Quería contaros lo feliz que me siento entre las voluntarias, del apoyo mutuo y los cuidados recíprocos. Pero no ha salido así. Debe de ser la luna…

Isa ?

12 Meses en un campo de refugiadxs en Grecia

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Familias momentos antes de abandonar el campo para irse a hoteles y casas. Campo de Nea Kavala. Febrero, 2017. Foto de Annabel Roda

7 meses son los que han pasado desde la primera vez que pise Grecia con el único objetivo de ser voluntaria en los campos de refugiados y poder actuar dentro de mis posibilidades, en esta mal llamada crisis de refugiados que, como escriben Natalia Morales y Héctor Romero (1) “esta crisis nos devuelve el reflejo de nuestra propia crisis de proyecto, de futuro, de sociedad”.

7 meses nadando a contracorriente en el campo de refugiados de Nea Kavala en el norte de Grecia, intentando dar dignidad, traer y crear comunidad a través de actividades dirigidas a niños, adultos y mujeres para que ocupen su tiempo, para que olviden por unas horas todos los pensamientos y recuerdos que cargan a la espalda.              

7 meses en los que se han creado lazos, amistades, compartido historias, ideas, conocido culturas, sufrido las carencias, padecido el asfixiante calor y el estremecedor frío, la impaciencia, la incertidumbre de no saber cuánto tiempo toca esperar más en ese dichoso lugar, cuántos días tendrían que pasar más para ver a sus madres, padres, hermanos, para volver a tener una vida.

12 meses han pasado ya para muchos desde que llegaron a una isla griega en un bote que era más bien, una cáscara de nuez y tuvieron la suerte contarlo. Muchos meses se han sucedido viviendo en tiendas de campaña, y más tarde en casetas de chapa, sin duchas, con una comida de supervivencia, con baños químicos compartido. Muchos días conviviendo y creándose una comunidad que en dos semanas está desapareciendo desde que ACNUR está enviando a la gente a hoteles y casas a lo largo y ancho del país heleno. Un fenómeno que está ocurriendo en otros campos y que parece que pone fin a esta pesadilla y a este limbo, pero la realidad es otra muy distinta. Es cierto, los refugiados van a vivir en casas bajo un techo digno y es algo que alegra. Una noticia esperanzadora si no fuese porque el aviso para mudarse se anuncia de un día para el otro casi sin poder despedirte de tus vecinos, de tus amigos, de aquéllos que te han acompañado durante estos meses y comenzar de nuevo en otro sitio.

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Campo de Nea Kavala, febrero 2017. Foto de Annabel Roda

Sería una noticia tranquilizadora si no fuese porque se van a otro lugar sin conocer a nadie, sin tener nada qué hacer en esas casas y hoteles aislados, porque abandonan el campo pero no Grecia. Les toca seguir esperando en esta ocasión sin la comunidad, arrebatándoles lo único que les quedaba. Una forma de seguir demostrándoles que no son dueños de su vida, de su destino, moviéndolos como muñequitos alargando su odisea, reduciéndolos a meros  aspirantes a conseguir un refugio en esa Europa que se vanagloria de ser la cuna de los derechos humanos.

7 meses a los que se van a sumar más, esperando que el campo se llene de nuevo con gente que retorna de Macedonia y de gente que está en las islas,  porque las fronteras están blindadas y la guerra no se ha detenido y las bombas continúan matando y la gente sigue jugándose la vida en una cáscara de nuez para llegar a esa isla de libertades e igualdad que prometía ser Europa.  La primera ronda de Nea Kavala se está agotando pero desgraciadamente, Nea Kavala no ha hecho más que comenzar.

Annabel

  • (1) Morales, N., & Romero, H. (2016). La crisis de los refugiados y los deberes de Europa. Barcelona : Cataráta.

Entrada publicada en el blog de Amigos de la Tierra Aragón

¿Cómo seguir..?

Cómo se puede reír cuando sabes que hay miles de personas temblando de frío una noche más. Cómo puedes concentrarte en una nueva clase de inglés, cuando sabes que en Siria siguen cayendo bombas. Cómo reunirnos y preparar las actividades de mañana cuando sabemos que las fronteras siguen cerradas. Cómo focalizar en un sólo campo, cuando sabes que millones de refugiadas vagan por el mundo buscando un futuro más claro. Cómo comenzar una mañana más en el centro comunitario cuando sabes que los mares siguen llenos de cadáveres.

Cómo coordinar a un equipo de voluntarias cuando sabes que Rusia sigue bombardeando, que en la Unión Europea sigue ganando terreno la derecha, que Turquía sigue asesinando kurdos, que miles de mujeres siguen sufriendo vejaciones, que las fábricas de armas siguen funcionando, que el dinero sigue gobernando.

Cómo tratar de luchar por crear comunidad, por construir un espacio seguro de aprendizaje e intercambio para 700 personas, cuando sabes que millones de familias siguen gastando millones de euros en las compras navideñas, que otros tantos millones siguen perdiendo sus hogares, que el capitalismo salvaje sigue quemando vidas, que encarcelan a periodistas, que matan a pescadores, que los llantos desgarradores son silenciados. Que las gargantas de medio mundo siguen sangrando, gritando libertad. ¿Cómo?

Pensarnos, cuestionarnos.

 

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Campo de refugiadxs, norte de Grecia. Octubre, 2016. Annabel Roda.

A veces es difícil no perder el rumbo, no normalizar la situación, no transformar el Centro Comunitario en un campamento de verano. A veces es difícil mantener en primera línea de pensamiento por qué estamos aquí, a veces la lucha política se decolora. A veces hay que estrechar manos que no son aliadas verdaderas, a veces la situación te obliga a jugar mejor tus cartas. Pero lo importante es que al final del día, seguimos teniendo claro quién somos y qué queremos, o al menos seguimos teniendo claro que no hay nada claro, y que nuestro arma más potente siempre será la crítica, nuestra propia crítica, las tensiones, los dilemas, las rabias. Sonreír es importante, pero pelear por conseguir motivos para hacerlo lo es más.

Lo que no podemos olvidar nunca es que tras las voluntarias debe haber una base política, una conciencia revolucionaria, una visión global y sistémica. Estos días estamos encontrando espacios para leer, para debatir, para cuestionarnos, para pensarnos. Para observar hacia dentro y hacia delante. Para nosotras es fundamental la teoría, pues solo desde ella se puede construir una práctica transformadora.

Isa.